El jueves pasado, en Bolivia y España se celebraba el día del Corpus Christi.
Es una fiesta con una base conceptual muy interesante, ya que si he comprendido bien se celebra la eucaristía, el hecho de que dios se ha hecho carne, y con eso se reflexiona el cambio de esencia, la transición entre sustancias distintas. Debería ser la base también de la transubstanciación, un dogma de la iglesia católica que siempre me ha fascinado por su construcción de una tensión dialéctica extrema entre lo simbólico y lo real, entre lo material y lo divino, entre lo espiritual y lo carnal.
No se puede decir que yo sea un experto de religiones. Mis conocimientos, con mucha probabilidad son genéricos, superficiales y a lo mejor hasta erróneos.
Pero me interesa mucho, a pesar de mi ignorancia en ese asunto, que durante un día se piense en la transitoriedad de nuestra esencia, en en este elemento químicamente inestable que compone el ser humano y que nos hace cambiar de forma y de identidad con tanta facilidad.
Aquí en Cochabamba, el día del Corpus Christi se celebra con una explosión de altares, mosaicos de flores y esculturas que de repente invaden las calles de la ciudad. Parece algo como un festival de arte urbano y performances con Delfin hasta el fin como director artístico.
Justo en esos días, el dios de las coincidencias, que aquí en Cochabamba nunca se cansa de trabajar, hizo que yo estuviese montando una pequeña instalación en el lab del proyecto Plaza de las Artes.
Construimos un camino de ideas dentro del espacio, que acaba en dos paredes donde los vecinos que visitan el lab pueden señalar problemas que les afectan o proponer ideas para que el barrio mejore. El sábado abrimos el espacio en coincidencia con el día de las manzanas Verdes, un día de limpieza colectiva del barrio lleno de actividades lúdicas y de sensibilización. Los vecinos de Villa Coronilla vinieron, suficientemente numerosos y se animaron con mucho gusto a compartir sus visiones positivas y negativas sobre el entorno urbano.

Aquí más fotos.
La coincidencia entre las instalaciones del Corpus Christi y la nuestra, dedicada al dios laico de la participación y de la inclusión ciudadana me pareció muy interesante, digna de una entrada en este blog.
Pensaba centrar la reflexión sobre el tema de las instalaciones más o menos artísticas, sobre su potencial como simples transmisores de contenidos o como activadores de procesos de interacción. Quería resaltar la importancia del arte y de la arquitectura como prácticas procesuales, como disciplinas coordinadoras de dinámicas dialécticas complejas, y hablar del escaso interés que me suscita la idea tradicional del artista o del arquitecto como creador titánico, solitario y aislado.
Iba a proponer una visión antidogmática de la arquitectura, basando la reflexión en la comparación entre las expresiones artísticas del día de Corpus Christi y una idea de arte devoto a la religión atea de la igualdad y la integración.
Me parecía interesante levantar la duda de que muchas veces el arte contemporáneo propone obras dogmáticas exactamente como los altares que aparecieron por Cochabamba el jueves, criticar la divinidad de artistas y arquitectos y proponer un modelo más abierto y evolutivo. Algo más cercano a una responsable práctica diaria que al gesto heroico que nos han acostumbrado a llamar arte.
Pero no voy a hablar de eso, porqué estoy aprendiendo que aquí en Bolivia a realidad siempre está tres pasos por delante de todas mis teorías presumidas e ingenuas.
Estoy aprendiendo que aquí es mucho más importante ser un buen observador, o por lo menos ser un lector curioso de la realidad.
El sábado muchos vecinos visitaron nuestra instalación. Cada uno venía con su universo interior más o menos caótico, cada uno con su actitud más o menos amigable, cada uno con su problema y su propuesta. Sólo uno no era así.
Venía de la Cancha, el mercado de Cochabamba, con una bici y cuatro escobas que totalizaban la oferta de su actividad ciclo-comercial.
Se movía despacio y con cuidado, con las espaldas un poco curvadas. Andaba con en esa actitud que aquí tienen los perros callejeros y, muchas veces, las personas del campo que han tenido que urbanizarse encontrando el rechazo, la exclusión y la humillación.
Hablaba Quechua y un poquito de Español, suficiente para estar a escuchar curioso mi explicación del proyecto que estamos llevando a cabo.
Cuando le invité a participar y a dejarnos sus ideas, se negó. Dijo que él no tenía casa, que él era pobre.
Intenté decirle que las ideas no tienen casa, viajan por el aire y como mucho se sientan en un banco en una plaza para encontrarse con otras. Pero aquí la realidad no se preocupa de corresponder a mis esquemas teóricos, si has vivido una vida en las que todos han intentado convencerte de que eres escoria, antisocial e intocable, es muy poco probable que media hora de conversación con un gringo anónimo te hagan cambiar de idea.
En los últimos días estuve pensando mucho e la divinidad del hombre, en lo espiritual y en lo terreno, en las implicaciones políticas y artísticas de la tensión entre estos opuestos.
Pero la transubstanciación que me preocupa hoy, el cambio de esencia que vemos más a menudo, no tiene que ver con lo sacro y lo carnal. En este mundo que odia tanto que las personas crucen los límites, aceptamos con gran facilidad que separación entre la condición humana y la infrahumana sea una cuesta abajo bien resbaladiza.
Creo que la separación entre estas dos condiciones sea una cadena hecha de derechos y de prácticas. Ese conjunto que a veces llamamos ciudadanía.
A veces al romperse un eslabón, como el derecho a la casa o a la residencia, toda la cadena se abre y resbalamos hacia abajo. Creo que muy a menudo rompemos voluntariamente la cadena, escapando a la responsabilidad de participar, de expresar nuestras ideas y de luchar por ellas.
Creo también, pero, que simplemente generando prácticas de participación, de libre expresión de ideas y de inclusión la ciudadanía se puede reconstruir.
Después de dos meses pasados por las oficinas de inmigración en búsqueda de un permiso de residencia, después de muchos abusos, de actitudes xenófobas o simplemente hostiles por parte de funcionarios, creo que puedo ver desde lejos lo que el hombre de ayer sentía.
Las comunidades humanas tienen una fuerza gravitacional muy débil en sus periferias, y expulsan todo lo que se aleja mínimamente del centro.
Como si no fuera suficiente te hacen creer que es tu culpa, que la participación consiste en aclamar al poder y que expresarse consiste en compartir la misma visión.
Yo creo que lo interesante está en la diversidad.
Muchas veces las ciudades son unos monstruos enfermos que comen personas sin parar, y sin parar las vomitan.
Todo los días voy a trabajar en un laboratorio donde buscamos una cura.
Entre las personas que visitaron el espacio vino una niña, alta poco más que una mesa. Le expliqué como funcionaba el laboratorio, que era importante cuidar la ciudad y compartir ideas para hacerlo. Me escucho con atención, haciendome mil preguntas, luego me pidió un papel y escribió su idea.
Todavía no he comprendido exactamente que quiso decir, sigo en ello.
Pero estoy seguro que allí en su papelito están las soluciones para todas las ciudades monstruos del mundo.
